Cuando se habla simplemente de la perdiz, normalmente se hace referencia a la perdiz roja, cuyo nombre científico es Alectoris rufa; es un ave terrestre del orden Galliformes y de la familia Phasianidae, la misma de los faisanes, codornices y otras perdices. Tiene un cuerpo robusto, cola corta, pico fuerte ligeramente curvado y patas rojizas, y se reconoce muy bien por su dorso pardo, su garganta blanca bordeada por una franja negra, el anillo rojo alrededor del ojo y los flancos listados con bandas castañas, blancas y negras. Suele medir entre 33 y 38 centímetros, pesar alrededor de 400 a 500 gramos y presenta una envergadura de unos 50 a 60 centímetros. Vive sobre todo en campos abiertos, zonas de cultivo, matorrales, laderas pedregosas y paisajes mediterráneos secos, donde pasa la mayor parte del tiempo caminando por el suelo y ocultándose entre la vegetación. Se alimenta principalmente de semillas, brotes, hojas, hierbas y frutos, aunque también consume insectos y otros pequeños invertebrados, especialmente durante el crecimiento de los pollos. Es un ave más bien sedentaria, muy ligada al medio terrestre, que fuera de la época de cría puede formar bandos. Hace el nido en el suelo, bien escondido entre la vegetación o en pequeñas depresiones, y la puesta suele ser numerosa, con frecuencia de 12 a 18 huevos; los pollos nacen cubiertos de plumón y muy pronto pueden correr y seguir a la madre. La perdiz roja es una de las aves más características de los medios rurales mediterráneos de la península ibérica y tiene gran importancia ecológica y cultural, aunque sus poblaciones se han visto afectadas por la intensificación agrícola, la presión cinegética, las repoblaciones con perdices de granja y problemas de hibridación o pérdida de pureza genética.