Cuando se habla simplemente de la cigüeña, normalmente se hace referencia a la cigüeña blanca, cuyo nombre científico es Ciconia ciconia; es un ave zancuda grande del orden Ciconiiformes y de la familia Ciconiidae, y se reconoce muy bien por su plumaje blanco con las plumas de vuelo negras, su pico largo y rojizo, sus patas largas también rojizas y su forma de volar con el cuello y las patas completamente estirados. Suele medir entre 95 y 110 centímetros y alcanzar una envergadura de 180 a 218 centímetros, por lo que resulta una de las aves más visibles y conocidas de nuestros campos y pueblos. Vive muy ligada a los espacios abiertos y humanizados, como dehesas, regadíos, pastizales, cultivos y zonas húmedas, donde busca alimento; es una especie oportunista que come sobre todo grandes insectos, pero también lombrices, roedores, reptiles, anfibios, peces e incluso restos de basura. Además, tiene una relación muy estrecha con las construcciones humanas, ya que con frecuencia instala sus nidos en iglesias, campanarios, silos, chimeneas, postes y otras estructuras elevadas, aunque también puede nidificar en árboles o rocas; su nido es enorme, hecho con ramas y materiales diversos, y suele reutilizarse durante años. La cigüeña blanca se distribuye por buena parte de Europa, el norte de África y zonas de Asia, y durante mucho tiempo fue una migradora transahariana muy marcada, aunque en España cada vez hay más ejemplares que permanecen en invierno sin cruzar a África, concentrándose en lugares donde encuentran alimento con facilidad. En España cría sobre todo en la mitad occidental de la Península y en el valle del Ebro, y sigue siendo una especie muy representativa del paisaje rural; en la ficha de SEO/BirdLife figura como Preocupación Menor, aunque entre sus amenazas siguen estando la pérdida de hábitat, los pesticidas, la destrucción de nidos y los choques o accidentes con tendidos eléctricos.